Ese momento de la vida donde nos damos cuenta que ya no
somos los mismos que hace unos años.
El cuerpo cambia sentimos la resaca del día anterior, con un
poco más de intensidad que antes. Los pequeños dolores se hacen parte de la
rutina general. Los fines de semana se vuelven espacios donde tratamos de
reconfortar ese vacío social al cual intentamos de meter todo apretado para
poder seguir llevando una vida reconfortante entre amigos, en fin, que es la
vida sin amigos, nada.
Ya no pensamos en locos sueños de vivir en islas tropicales
sin ningún tipo de responsabilidad, si no que nos damos cuenta que llegar a
tener esas vacaciones paradisíacas requieren de largas noche de café y trabajo
que en la balanza a fin de año nos dicen que el cuerpo esté low batery y sin
ganas de bancarse una súper semana de fiesta drogas y sexo.
Ni siquiera las drogas, grandes aliadas en la adolescencia
para darle un poco más de sabor a esa etapa, nos parecen atractivas sabemos que
un mal trip es un bajonazo tremendo psicológico, el famoso mañanero nos deja
más tirado en la cama más que con ganas de salir a trabajar. La rutina se torna diferente. Totalmente
diferente.
No entendemos adónde apuntar,
no sabemos que tenemos que hacer. Solo sabemos que los demás nos demandan cosas
y parece no estar más la monedita de chocolate de recompensa por cumplirlas.
Crecer es estar en crisis (Las crisis buenas o malas no son
más que cambios).
Nos confunden constantemente de que queremos o que no, como
buscar la felicidad propia de uno si te invaden con imágenes de gente sonriendo
por la tv, te muestran 15 segundos de felicidad ¿y el resto? el famoso detrás
de cámara no te dicen que el actor por ahí es un borracho, misógino y que en
realidad atrás de esa familia feliz se esconden más casos de corrupción que los
escándalos matutinos políticos de este bendito país.
No se entiende bien a que nos quieren hacer jugar a que van.
Nos enseñaron 800 fórmulas matemáticas, el nombre de todos
los países, la vida de algunos próceres, pero nadie nos enseña a vivir, no hay
manual para eso, solo un vacío para el frente tremendo, nadie nos enseña que la
razón para la cual nos desarrollamos es ser feliz acaso la vida sin felicidad
de que vale.
Ni hablemos del amor, es un tema que a los veintitantos te
atormenta, sin fin de rincones sin salidas, citas de acá y de allá que solo te
dejan más vacío al dormir en tu cama. Llega un punto en donde parece que esa
persona que soñaste no va aparecer más y que no te queda otro que dejarle al
tiempo que haga lo suyo. Ya sos lo
suficientemente grande como para darte cuenta que es lo que necesitas, lo tenes
tan marcado que te lo pones en la capa y salís como caballero del medievo a una
cruzada feroz y brutal de sabanas hasta encontrarla.