Que fantástico es ir descubriendo pequeñas dosis de alegría
en pequeñas cosas, el olor a café y pan tostado por las mañanas. El olor a la
cocina de la abuela. Que grandes cosas vivimos constantemente y no sabemos
apreciar ni un poquito y tal vez en una suerte de tiro en el presente nos
acordamos de todas esas cosas que ahora se nos hacen mágicas y que en el
momento no supimos disfrutar.
Es difícil explicar el proceso por el cual el ser humano va
creciendo y se va dando cuenta que hay tanta magia por si sola flotando en el
ambiente, que es cuestión de tomar un poco y ser feliz simplemente, ¿Hay algo
mejor acaso que la sonrisa de un bebe cuando uno se levanta por las mañanas
temprano? O acaso es pecado disfrutar de
una cena con amigos en donde los temas de conversación pueden ser de los más
variados, pero que siempre al final somos todos uno.
Hay pocas cosas en las que reflexionar seriamente, pero esas
pocas abarcan tanto y cubren tanto espacio y tiempo, que se es imposible llegar
al estado de Nirvana.
Es un trabajo duro que tiene que nacer desde uno mismo.
Un trabajo donde nos enfrentamos con nuestro peor enemigo…
nosotros mismos.
Si así es nosotros mismos no nos escuchamos, no pensamos las
cosas para nosotros, no podemos contradecirnos a nosotros mismos no podemos
generar hipótesis acerca de nosotros simplemente porque si pensamos en algo por
algo es, pero de apoco nos vamos dando cuenta que las mejores batallas se
libran dentro de uno, en donde uno tiene que poner en crisis a uno mismo para
poder sacar conclusiones de que es lo mejor.
Yo suelo pelear diariamente con los peores demonios que
llevamos adentro, siempre tratando de convertirlos en bestias casi inmortales
pero llenas de luz.
Con el tiempo nos damos cuenta que la luz que más brilla es
la verdad, aunque al principio la verdad parezca un agujero negro a donde nadie
quiere ir y creer, yo creo que el tiempo el amado tiempo le da la razón a la
verdad y la limpia de la maldad de otros seres que habitan en este basto mundo.